Para Yossa, mi niña amada
Para todas las mujeres de mi vida
A propósito del Día Internacional de la Mujer
Hasta antes de ahora, a propósito del Día Internacional de la Mujer, todas escribiríamos del concepto “liberación femenina”, que se acuñó en la etapa de la posguerra y que vino a sacudir los cimientos de una sociedad basada en la fuerza económica, política y moral masculina, sin aquilatar la inherente energía productiva y creativa de las mujeres, a quienes se les relegaba a los trabajos del hogar y de algunos pocos oficios que se habían etiquetado como “propios” para damas: secretarias, enfermeras, recepcionistas, modistas, cocineras…
El concepto de “liberación femenina” pasó de moda porque se le dio una lectura estrictamente sexista. Las mujeres liberales de pronto fueron tipificadas peor que la peste, y se les etiquetó como las promotoras del libertinaje sexual, sin concebir que ese movimiento mundial era amplio y reivindicador en todos los órdenes de la vida.
Se dio paso, entonces, al concepto de “equidad de género”, mediante el cual ya no se pregona la igualdad entre mujeres y hombres, sino que se reconocen las diferencias entre el género femenino y el masculino, y se enfoca la lucha en el reconocimiento de la igualdad de los derechos constitucionales de que ambos géneros deben gozar, y por los derechos especiales que les corresponden a las mujeres sencillamente porque somos el laboratorio de la humanidad; es decir, porque son nuestros vientres donde se forman las nuevas generaciones de humanos; porque la maternidad es algo tan precioso, que no vale que sólo porque exigimos una vez ser parte de la fuerza productiva de la nación, se nos haya limitado el derecho a gozar de nuestros hijos hasta en el día domingo.
Leo a Isabel Allende, en su nueva obra “La isla bajo el mar”, y descubro que a la mujer moderna se le ha colocado ante un nuevo tipo de esclavismo. A aquellas preciosas mujeres negras atrapadas en África para comerciar con su fuerza de trabajo durante cientos de años, se les arrebatan sus crías para venderlas como a objetos u animales, pues desde la concepción los hijos pasaban a ser propiedad del propietario; solamente se les permitía amamantarlos y criarlos hasta pasados los 3 años.
A nosotros nos sucede peor: si a nuestras abuelas las cuidaban 15 días o bien toda la cuarentena (puerperio), se les daban comidas especiales y se les protegía de enfermedades; a nosotras, como ya existen los antibióticos, nos bañan a los 3 días, nos dicen que la leche no se seca, que eso es cosa de mujeres anticuadas, y nos mandan a trabajar primero en el hogar. Pasado el puerperio, las que tienen seguridad social llevan a sus hijos a las guarderías, las que no, se conforman con abandonarlos en manos de quién sabe quién, y vuelta al trabajo. Aquellas negras compensaban con mucho sus heridas llevando a sus hijos pegados a ellas mientras trabajaban; sobre todo si habían nacido débiles. A nosotras, en cambio, se nos obliga a dejar de darles el pecho casi de inmediato, y a consolarlos con una fría mamila de plástico…y a nuestros corazones a sufrir en silencio mientras pasan las pesadas horas de trabajo, alejados de aquellos seres que de por vida estarán conectados a nuestra conciencia.
No es amargura. Es simplemente una reflexión. ¿Qué hemos logrado las mujeres contemporáneas? Casi nada. Mejor dicho, hemos perdido casi todo. Nos tragamos la píldora de que nuestras madres y abuelas no trabajaban, cuando eran más productivas que toda su prole. No tenían que salir del hogar para producir satisfactores económicos, ellas inventaron la economía de traspatio y sostenían a sus familias por meses enteros, mientras sus parejas e hijos varones se limitaban a trabajos temporales, siguiendo el ciclo de la producción en el campo.
En las ciudades, fue donde todo cambió. En las casas ya no había tierra extra para que nuestras mujeres plantaran sus huertos, para que cultivaran sus flores y hierbas curativas, para criar ganado menor, para cocinar las conservas frutales y los encurtidos de verduras, para orear la carne y hornear el pan, o para mantener un zarzo lleno de quesos frescos, oreados y secos, convirtiendo el oro blanco de la leche en piezas sólidas de exquisito sabor. La producción artesanal que daba para comer y vender, dio paso a la producción industrial; nuestras mujeres comenzaron a abandonar el concepto de economía familiar, para ir a emplearse en panaderías, en carnicerías, en florerías, a cambio de sueldos que nunca eran ni son suficientes. Dejaron de educar a sus hijos “en el trabajo”, y optaron por educarlos “para el trabajo”. Dejaron la magia del chamanismo casero: los sahumerios de flores de Santa María con azúcar; los baños de calor para los postrados en cama; los tés; la cajeta de naranja agria para el hígado; la tintura de cuatecomate para las vías respiratorias; las limpias con huevo, alcohol y limón; las frotaciones con parafina caliente para las reumas…y tantos motivos que ellas tenían para darnos amor y concedernos la energía de sus preciosas manos. Generación tras generación, las mujeres olvidamos nuestros poderes curativos y pasamos a ser consumidoras de medicinas de botica, enriqueciendo con nuestro a los grandes laboratorios pero, lo que es peor, renunciando a preciosos conocimientos médicos que ya no poseemos.
Ahí comenzó a torcerse todo. Nos metimos sin saberlo a la terrible carrera de la rata: trabajar, trabajar, trabajar, sin llegar a ningún lado. Sólo unas cuantas féminas pudieron comprender la magia del dinero y se hicieron empresarias, y entonces se convirtieron en “patronas”. Mujeres explotando a sus iguales. Las que optaron por la política, se empoderaron, pero han sido incapaces de crear leyes más justas y moldear un mundo mejor para las desterradas hijas de Eva. Su triunfo, en cambio ha sido muy pequeño: ninguna mujer empoderada comparte el poder con su pareja. Es una ley basada también en el orgullo de los machos, que no gustan de aparecer como los segundones de la novela, acostumbrados ellos a ser galanes.
¿Qué hemos ganado? Seguimos percibiendo sueldos menores a los que se les asignan a los hombres, y hemos perdido el contacto con nuestros hijos, contacto de que gozaron nuestras madres y abuelas plenamente. Y si antes a la mujer el marido la maltrataba porque no tenía la cena a tiempo, ahora le pega por dos razones: porque no trajo dinero para comprar la cena, y porque no la puso a tiempo en la mesa. ¿Qué se ha conseguido? Siguen muriendo mujeres a manos de sus parejas, hombres sin identidad, criados por la televisión, extremadamente violentos, fieles a sustancias adictivas y, sobre todo, víctimas de odio hacia lo femenino que provoca el estress del niño abandonado. Hombres sin madre, literalmente.
De paso, se sabe ahora que 40 de cada 100 hogares en México dependen de una mujer. Esa es una descripción estadística eufemista: hay que decir que 40 de cada 100 mujeres que se casan y procrean hijos en México, son abandonadas por los bonitos con los que se casaron y cargan con todo el paquete que resultó del espejismo de su amor. Y nos llaman los psicólogos “familias disfuncionales”, concepto malintencionado y sanguinario al que repudio, porque solamente somos “familias distintas”, no disfuncionales: funcionamos de acuerdo con nuestras propias circunstancias, modos y tiempos.
Las mujeres gustamos de ser llamadas “inteligentes”, aunque seamos las que vamos por los tacos cuando nuestros maridos traen amigos a cenar a su casa (si no es que nosotras mismas preparamos la cena). Es decir, la inteligencia no basta para sacudirse el condicionamiento social.
¿Qué debemos hacer? Dejar de producir machos. Nos quejamos del machismo y nosotras lo creamos. Nosotras educamos a los hijos y les infundimos valores torcidos que van en contra nuestra, mientras que a las hijas les obligamos a servir a los hermanos y al padre. Hay quienes todavía suelen decir que sus hijos no lavan el plato donde comen porque “no son viejas”, colocándose a sí mismas automáticamente en un eslabón inferior en la cadena de privilegios y mando, y a los hijos varones en calidad de inútiles. De paso, al hombre se le da dinero y libertad absoluta. ¿Qué resulta de esa explosiva mezcla? Los monstruitos que ahora sufrimos, los pequeños grandes dictadores hacia el interior de sus familias, pero suaves y dadivosos con los amigos y las amantes, las verdaderas reinas de sus vidas, a las que les dan todo sin exigirles nada.
Los retos de las mujeres contemporáneas se han multiplicado. Las optimistas alegan que hemos ganado terreno sobre los hombres, usando un lenguaje de guerra que no queremos, y citan los logros escondiendo los fracasos. Hay una invitación en puerta de mi parte: hay que resolver el presente, que es el momento histórico que nos corresponde asumir, es un compromiso con la parte femenina de la creación. Lo que hagamos ahora, o dejemos de hacer, lo padecerán las mujeres del futuro. Cita Sandra Anne Taylor en su libro Éxito Cuántico, que si seguimos con un pie en el pasado y otro en el futuro, no tendremos otra opción que orinarnos en el presente.
El reto no es moldear mujeres más libres, porque la libertad es un derecho universal que nadie nos puede prohibir, sino formar hombres más concientes. ¡Feliz día, queridas mujeres! Les hago llegar en estas líneas, mis saludos y afectos.
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