La inequidad tiene nombre de mujer
La inequidad es real y es de todos los días en toda la redondez del planeta. En este preciso momento, en el mundo y en México, la pobreza tiene rostro de mujer, el hambre tiene boca de mujer, la enfermedad tiene cuerpo de mujer y la indefensión tiene nombre de mujer.
En nuestro país los ejemplos sobran. Uno entre miles y no distante en el tiempo es el de Ernestina Asensio, la anciana indígena de la sierra de Zongolica, Veracruz, que murió a causa de la violencia que sobre ella ejercieron miembros del Ejército mexicano. Golpeada con impiedad, violada tumultuariamente por la vagina y el ano, su crimen se mantiene sin castigo porque Felipe Calderón, en su calidad de “primer médico de la nación”, diagnosticó que Ernestina había muerto de una gastritis mal cuidada.
De inequidad es también la historia que tiene presas y condenadas a 21 años de cárcel en Querétaro, a las indígenas ñañú Alberta Alcántara y Teresa González, acusadas del presunto secuestro de seis agentes federales de la AFI. En similar condición estaba Jacinta Francisco Marcial, compañera de Alberta y Teresa, quien empero obtuvo recientemente su libertad gracias a una intensa campaña que en su favor hizo el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez y del acompañamiento que en la prensa le dieron los destacados periodistas Ricardo Rocha, Miguel Ángel Granados Chapa y Carmen Aristegui, así como diversos organismos internacionales.
Lo aberrante es que los cargos y la acusación que pesaban sobre las tres, fueron desestimados por inconsistentes y falsos en el caso de Jacinta, no así en los de Alberta y Teresa. ¿Por qué?, no lo sé. Mi inteligencia no da para entender los laberínticos y kafkianos mundos de la “justicia mexicana”.
Tengo además la profunda convicción de que ni Ernestina, ni Jacinta, ni Alberta, ni Teresa, a quienes desde aquí rindo homenaje y externo mi solidaridad, habrían pasado por lo que pasaron si no fueran mujeres, indígenas y pobres, los tres pecados capitales imperdonables en nuestro país.
Pero también hablan de inequidad, los casos de los cientos de mujeres asesinadas en Juárez, cuyos nombres se engarzan como terrible letanía. Se trata de todas las mujeres víctimas de la infamia que aún yacen descarnadas en los baldíos, olvidadas de la justicia, doblemente victimizadas, dos veces muertas a causa de ese olvido.
Quienes demandamos la equidad, alzamos la voz por las miles de mujeres que a diario viven el infierno de la violencia intrafamiliar, de la opresión del macho que al no admitir su inferioridad humana, recurre a la fuerza bruta para sentir que es lo que no es: un hombre en el pleno sentido y significado de la palabra. |
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