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El Primer Sitio en Línea de la Costa Chica

Número Cero

José Buendía Hegewisch

¿Quién le teme al narco? Márquez-Julión

La narrativa oficial para sostener la “guerra a las drogas” como cruzada de “buenos” y “malos” se cae a pedazos. La marca o señal en el cuerpo de miles de muertos y ejecutados no aparece más allá del discurso de la afrenta o la mala fama. Mientras habría que tener cuidado con los que aparentan estar entre los “buenos”. La inclusión de Rafael Márquez, capitán de la selección nacional, y del famosísimo cantante norteño banda, Julión Álvarez, en una “lista negra” del gobierno estadunidense por presunta responsabilidad en lavado de dinero, muestra que el narcotráfico es un problema social mucho más complejo que lanzar militares a la calle a pelear con una extraño enemigo, aún más amorfo que el “masiosare” del himno y de la captura de líderes de cárteles.
Como parte de ese discurso, surgió una categoría difusa de contrarios, los “malos”, para sustentar decisiones militares, menos por el mérito de las razones que por la construcción de amenazas que las justifiquen. Es un recurso conservador y cuasi religioso abrir dicotomías en la sociedad, antes que atacar causas profun­das de los problemas. Sirve a la autoridad para legitimarse —como al anterior gobierno por un origen electoral cuestionado—, así como para construir una épica en qué sustentar el costo en sangre y vidas. Sobre todo ofrece una coartada a la impunidad, porque en el estigma casi todo cabe sin chistar.
El enemigo son esos “hombres malos”, alcanzados por el crimen, pero difíciles de identificar, porque sus redes involucran deportistas y artistas, restauranteros, financieros y pres­tanombres que —como admiten Márquez y Julión— tienen desde hace años tratos comerciales con “empresarios” luego descubiertos como narcos, sin mella hasta ahora, de su imagen de honestidad. No son los únicos, la lista es larga entre futbolistas, boxeadores, aunque muy pocos han recibido condena por ello. La justicia mexicana estaría obligada a investigar, con respeto a la presunción de inocencia.
Pero la publicación en una lista del Departamento del Tesoro de Estados Unidos como personas “especialmente designadas” por vínculos con el narco, de ídolos deportivos y ejemplos para la juventud como ensalzara Peña Nieto al cantante, es otro obús a la mermada credibilidad de ese discurso. El señalamiento, generalmente, recae en personas que investigaciones policiacas encuentran responsables de vínculos con el narco. En este caso, la Oficina de Control de Bienes Extranjeros identificó a 21 mexicanos y 42 empresas dentro de la red de lavado de dinero de Raúl Flores Hernández, uno de los narcos más importantes de Jalisco. La inclusión de Márquez y Julión no es una acusación penal, pero sí implica prohibirles cualquier tran­sacción comercial y congelar sus bienes en EU.
A ambos les costará tiempo y dinero resarcir su imagen y rescatar su carrera, pero tendrán más oportunidad que miles de ejecutados y asesinados en la “guerra contra el narco” que acabaron en una fosa común o en la estadística de la inseguridad en la que figuran más de 150 mil del archivo de los “malos”. Más importante, el descrédito de ese discurso acentúa las dudas de que masacres sin resolver (Ayotzinapa, Tlat­laya, etcétera) y en la impunidad puedan sim­plemente adjudicarse a ajustes de cuentas de los cárteles o por andar en “malos pasos”, como se excusa la autoridad, por ejemplo, con el ase­sinato de periodistas.
¿Quién es el malo y quién el bueno?, los ejemplos de la “lista negra” y muchas otras figuras sociales de prestigio y buena imagen muestran la penetración del narco en las actividades sociales, no sólo en la política, que desborda los rangos de los buenos empresarios, policías, militares y políticos coludidos con el crimen. Incluso, revela que los primeros interesados en no levantar sospechas de su lugar entre los “buenos” y de mantener una fachada honorable son también los primeros necesitados en ocultar sus relaciones con el crimen.

 
 
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